El poder ¿de los periodistas?

La relación entre el poder político y los medios de comunicación en los regímenes democráticos es un asunto antiguo. Desde la publicación de las primeras gacetillas asociadas al comercio hasta la web, pasando por episodios tan aleccionadores como los protagonizados por William Randolph Hearst, la historia está repleta de ejemplos en los que los medios han querido superar su anodina calificación como cuarto poder para ascender en el escalafón. Los ejemplos abundan.

En la España de 2013, con una crisis de legitimidad que se extiende a todas las instancias públicas –de los medios a los partidos políticos, de los sindicatos a la judicatura- y en mitad de una recesión devastadora, brotan por doquier los émulos de Joaquín Costa, pidiendo una regeneración a todos los niveles. El hartazgo está en la calle y mes a mes, sube la temperatura. En algunos casos, son los propios protagonistas de la vida pública de las últimas décadas quienes atribuyen la situación actual a errores cometidos durante la transición democrática. Los medios no son ajenos a este descrédito, porque son parte del mismo ecosistema y comparten vicios con el conjunto del sistema.

Por eso me han llamado la atención unas palabras de Jesús Montesinos, buen conocedor del ecosistema informativo español, quien plantea en su blog la siguiente denuncia:

En los últimos treinta años hay un ejercicio permanente de periodistas y sus empresas por ocupar el primer puesto, a costa de instrumentalizar el valor de la crítica. Quizá hasta de jugar con la libertad de expresión.

En su artículo La lucha por el poder en la democracia mediática, Montesinos habla de los nuevos regeneracionistas y de la necesidad de que los periodistas entreguen también su parte del poder. Y argumenta:

Cuando un periodista de Almagro, por ejemplo, pide la cabeza del entrenador del equipo de fútbol porque a su juicio no entrena bien al equipo, lo que quiere es hacer la alineación, la estrategia en el campo y hasta la preparación física. No ambiciona informar del partido, quiere tener el poder en el equipo.

O cuando un cronista municipal critica duramente a un concejal para que haga las cosas como quiere el periodista. Por eso el concejal vive para conseguir que ese periodista lo trate bien. La política en España es un mero teatro para conseguir titulares. ¿Quién tiene el poder? ¿El concejal elegido democráticamente o el periodista al que nadie ha votado?.

Obviamente, el argumento empieza a cojear por la generalización. Ni todos los cronistas municipales aspiran a gobernar por persona interpuesta ni todos los periodistas deportivos quieren ser entrenadores. Ni, por supuesto, todos los directores tienen la misma capacidad de influencia ni tienen la misma vocación de redentores del sistema democrático. Y es curioso que Montesinos generalice así, porque como él dice ha dirigido medios durante 40 años y ha ejercido un poder, cómo no, extractivo (adjetivo de moda desde que el economista César Molinas hablara de las élites extractivas en un libro, tomando el concepto de dos economistas norteamericanos). Otra cosa es que sea muy sano reflexionar sobre los criterios con que se emiten información u opiniones desde un medio, en cualquier formato.

Sin embargo, a mi juicio el razonamiento resbala de forma más llamativa aquí:

Curiosamente medios y periodistas nunca critican a las empresas: eso es publicidad y con las cosas de comer no se juega.

Acabáramos. Difícilmente se muerde la mano que nos alimenta, especialmente desde que muchos directores de medios optaron por comportarse como gerentes y no como periodistas. El fin de la eterna pugna por los contenidos entre redacción y empresa es un hecho que se cita poco, entre los motivos que explican cómo hemos llegado hasta aquí. Pero lo interesante de la frase está en su sujeto: mezclamos medios y periodistas como si fuesen la misma cosa y santas pascuas. Los medios son empresas. Y sus profesionales, asalariados, por más que en ocasiones sean trabajadores muy cualificados (por cierto, para quienes denuncian la ideologización de los medios será interesante echar un vistazo a la correlación entre la postura editorial de los medios sobre la reforma laboral del PP y el tratamiento a sus propios despedidos, aquí, aquí o aquí).

¿Quién quiere mandar? ¿El periodista medio, más interesado en llegar a fin de mes que en tener un off the record con el diputado de turno? ¿No serán más bien las empresas periodísticas, más aún cuando el desplome de sus ingresos por publicidad les convierten en firmes candidatas al cierre? ¿Y no será la mala gestión de este poder por parte de las empresas periodísticas lo que ha contribuido al descrédito de los medios? Por otro lado, es cierto que la política tiene mucho de teatro y que el concejal de turno quiere ser bien tratado en los titulares. Pero ¿quién decide el sentido de los titulares que realmente importan? ¿El periodista que se ha trabajado la noticia? Cualquiera que haya trabajado un año en un medio cualquiera puede poner decenas de ejemplos que lo desmienten.

En la misma línea, el artículo aludido plantea otro sugerente debate. ¿Quién da al periodista la legitimidad para informar? La ley garantiza la libertad de expresión, pero la legitimidad no se da, sólo se puede ganar. En nuestro país, nadie pide la titulación universitaria o el carné profesional. De modo que son los propios medios, con sus plataformas multisoporte, los que dan voz al profesional de la información. En los últimos años, estas plataformas se han enriquecido posibilitando el diálogo entre el periodista y el público. Y así pasamos al último punto del artículo en cuestión:

Son periodistas y medios los más reacios a aceptar una transferencia de poder hacia las redes. La verdad es del periodista, sin que quede claro quien le ha dado patente de corso para alardear de una verdad que siempre será subjetiva. Y como hablamos de colores prefiero escuchar la de un ciudadano en Twitter antes que una visión parcial e interesada de alguien que busca es poder sin que nadie lo haya elegido o votado.

No dudo de que haya periodistas reacios a transferir su poder, en el supuesto de que lo tengan. Eso sí, conozco muchos compañeros que nunca alardean de su verdad, sino que defienden los temas que han trabajado, partiendo de la base de que la objetividad no existe pero sí su honradez para buscar la mejor información posible y ofrecerla al lector.
Es verdad que el ciudadano ha encontrado en la red la forma de contar su vida sin necesidad de intermediarios. Pero se me escapa qué tiene eso que ver con la demanda de información contrastada elaborada por profesionales (personas) y con la capacidad de trasladarla al público desde medios (empresas) con músculo suficiente para alimentar el debate público de una democracia. Eso era el periodismo y así avanzó, cada vez más trabajosamente, hasta que el sector se encontró en mitad de la ciénaga actual, donde malvive rodeado por los cocodrilos de la crisis publicitaria, pero también atrapado por los redes tendidas por el ansia de riqueza especulativa de ciertos directivos y ahogado por la falta de fuelle financiero. Pero a esta situación extrema no hubiese llegado sin la decisión de suicidarse, después de años dando la espalda a los intereses de su público.

Si somos sinceros con nosotros mismos, algunas preguntas interesantes serían estas otras: ¿está la sociedad dispuesta a dar una nueva oportunidad al periodismo?; ¿es consciente del papel que juega en las sociedades democráticas?; ¿sabemos los ciudadanos qué consecuencias tendría seguir deslizándonos por esta pendiente de descrédito y perder más platafo rmas informativas?; ¿creemos de verdad que con las redes sociales el poder se transfiere a los ciudadanos o más bien pueden reforzar a quienes quieren un férreo control social?

Querido Jesús, si en Twitter o en Facebook pesan más la opinión de un periodista o la de otro ciudadano es algo que deben decidir sus respectivos seguidores. En todo caso, no confundamos más la inmediatez con la noticia. El tuit con el scoop. La foto con la novedad. Las churras con las merinas. Menos que nunca en estos tiempos ovinos. Hay muchas cosas que están en plena redefinición, también en la propiedad de los medios, y el ágora está más abierta que nunca para que se oigan todas las voces. Habrá que aprender a distinguirlas de los ecos, como nos enseñó Machado. Y los periodistas habremos de ser más autocríticos y sumar a la calidad de la información el atractivo de la presentación, para aportar un contenido que contribuya a dar rentabilidad a nuestro producto. Pero el periodismo ciudadano es, como todo el amateurismo más o menos dañino, un canto de sirena que debilita a la sociedad. El ejercicio de cualquier oficio corresponde a sus profesionales. Del periodismo a la ebanistería. Y si no, pregúntenles a los profesionales de la medicina qué uso están haciendo muchos ciudadanos de la información que encuentran cuando teclean sus síntomas en Google.

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2 respuestas a El poder ¿de los periodistas?

  1. Una descripción perfecta de lo que está ocurriendo. Un debate abierto con muchas interreogantes. La profesión de peridista como objeto a redefinir.Optimismo frente a futuro incierto. Y las redes sociales no son medios de comunicación, a todo caso, instrumentos de expresión.

  2. JESUS dijo:

    Llego hasta Joaquín Costa, me emociono y lo dejo, continuare en casa.
    Recuerdos
    JESUS

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